22 feb. 2010

Incertidumbre


Cada día que pasa se acerca más el final de la carrera. Y con ella acaba un ciclo vital que comprende desde que entras al colegio hasta que sales de la Universidad. En realidad tenía ganas; tantos años haciendo lo mismo llegan a aburrir bastante. Pero por otro, y dándome cuenta de la razón que tenían aquellas expresiones "es mejor estudiar", "ya verás cuando trabajes", "quién fuera estudiante", empiezo a sentir una gran incertidumbre, casi miedo, por lo que viene después. Y es ahora más que nunca cuando me doy cuenta de lo cómoda que ha sido la vida (bueno, sigue siendo, que aquí sigo) todos estos años: madrugar para ir al cole, pasar unas horas en clase, volver a casa, etc. Un esquema que más tarde se repitió con la Universidad, sólo que por las tardes. Un modo de vida que se acaba: ya no habrán más "el primer día de clase después del verano" con el que reencontrarte con tus amigos/compañeros de clase; tampoco el famoso "estoy harto de los trabajos en grupo","vamos a la cafetería" o "déjame los apuntes de ayer". Ni mucho menos ese "hoy no me apetece ir a clase, ya me pasarán los apuntes". Será el síndrome de Estocolmo, pero estoy seguro de que echaré de menos ese mundillo estudiantil.

Aunque la despedida final quizás no sea tan rápida. La crisis -y aunque no hubiera crisis, nuestro precioso mundo- no hace fácil esa vieja utopía de salir y encontrar trabajo nada más terminar la carrera. Así que lo más probable, y casi lo mejor, es seguir formándose. Pero ¿qué máster? ¿qué cursos? Preguntas qué derivan en otra más grave y esencial: ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Qué quiero hacer durante los 40 -y creciendo- años que me quedan por trabajar? La respuesta... un abismo como el de la foto.

19 feb. 2010

Leer


Anoche en la estación volví a darme cuenta de la importancia que tiene saber leer en esta vida. Para muchos es simplemente una herramienta más, una capacidad para defenderse en la vida; pero para otros, se convierte en un placer.

El caso es que andaba yo ojeando las revistas y libros de la librería de Santa Justa cuando oí que alguien le preguntaba insistentemente a las dependientas sobre diferentes libros. Sobre sus tramas, sobre si eran interesantes, sobre cuál era el nuevo libro de Matilde Asensi, etc. El interrogador en cuestión era un joven de aspecto un tanto "choni", el perfil de persona que, seguramente movidos por los prejuicios, nos cuesta imaginar leyendo tranquilamente en su casa. Hasta las dependientas se sorprendieron un poco: "¿Qué es para ti?". El joven asintió y yo, que ya tenía el oído apuntando hacia su conversación (a esas horas y con ese cansancio y aburrimiento cualquier conversación ajena parece interesante) le explicó que hacía poco que había aprendido a leer. Concretamente desde que conoció a su mujer y se apuntó a clases. El primer libro que había leído era La catedral del Mar, al que le habían seguido Los pilares de la tierra (libro que lleva meses sobre mi escritorio a la espera de ser leído...) y La sombra del viento.

Sus ganas de leer me recordaron a las mías cuando todavía no sabía descifrar el alfabeto. Acababa de abrir esa ventana a un nuevo mundo que es el placer de la lectura y, seguramente, quería saciarse de todos los personajes, mundos e historias que se ha perdido en los años de analfabetismo. Les preguntó sobre el argumento de las novedades bibliográficas que tenían (a lo que las dependientas no supieron muy bien qué decirle) y siguió mirando con pasión cada uno de los libros que allí había.

Aparte de ratificar mi idea sobre lo mágico y lo importante que es leer, esa escena me dejó pensando sobre cómo en un país que se cree avanzado y moderno, en el que muchos disponemos de Internet, leemos cartas, emails, tuenties y apuntes en pocos segundos, y en el que sólo importan los grandes datos socioeconómicos, nadie había caído en la cuenta de que a estas alturas, un joven de menos de treinta años no sabía leer.

17 feb. 2010

Rupert Murdoch: emperador de la comunicación

De nuevo la clase de Estructura de la Información me da ideas para seguir redactando entradas. Aunque más que redactar, volveré a publicar en este blog una que hice en otro sobre Rupert Murdoch, magnate de la comunicación y personificación del espíritu Hearst en lo agresivo de su estrategia, del que la profesora de esa asignatura se siente "apasionada". Y no es para menos. Él solito ha erigido uno de los mayores imperios de la comunicación a base de coqueteo con el poder político, paradojas y sensacionalismo. El Berlusconi australiano.

4 feb. 2010

Nueva imagen, nuevo blog


La Trastienda cambia. Y no sólo de imagen, sino de contenidos. Una vez que el blog ha sido evaluado (¿cómo se evalúa un blog de opiniones?)para la asignatura para la que fue creado, ya puedo escribir de lo que quiera y cómo quiera. La Trastienda deja de ser únicamente del periodista para tratar temas de cine, cultura, política y cualquier cosa que me venga a la cabeza. Al principio pensé en crear otro blog, pero después de lo que me ha costado redactar, diseñar y difundir éste, prefiero hacerle un lavado de cara y reconvertirlo en una auténtico diario de abordo donde transcribir todo lo que me parezca digno de ello. Así pues, espero que sigáis visitando este humilde blog y, los que lo hacéis por primera vez... ¡BIENVENID@S!

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