23 nov. 2010

¿Somos la generación perdida?

Acabo de leer un artículo de opinión en La Vanguardia, firmado por Miquel Molina y titulado "Finite incantatem", en el que utiliza la última película de Harry Potter para ponerla en paralelo con la juventud actual, a la que tantas veces se la ha llamado "generación perdida". No profundiza demasiado en el asunto, pero sí sirve para que uno mismo reflexione sobre lo que se suele escuchar en boca de otros: la desconfianza en las nuevas generaciones; las que no hemos vivido ni la Transición, ni la dictadura, ni mayo del 68. Nuestro país -y el mundo entero, diría yo- no atraviesa su mejor momento; y algunas personas -esas que te miran con desprecio porque vas sentado en el autobús y tienes menos de 60 años, o los que creen que su generación estuvo exenta de alcohol, vicios y rebeldía- siguen creyendo que la culpa de todo esto la tenemos los jóvenes. ¿Cuántas veces habré escuchado eso de "como los jóvenes de hoy tengan que pagarnos nuestra jubilación, mal vamos" o "¿Estos son los que van a levantar al país?"? Lo que hace falta es confianza; por algo somos la generación (o las generaciones, pues creo que en este grupo se engloba a los que tienen hasta 40 primaveras) más preparada y con más proyección. Pero para ello, como dice Molina, tienen que empujarnos y dejar valernos por nosotros mismos. Ni estudios para subrayar la decadencia del sistema educativo, ni etiquetas (como esa Ni-Ni), ni convertirnos en el falso problema.

Ahí va el artículo, por su alguien quiere leerlo:

Es habitual que los críticos consideren cada nueva película de la serie Harry Potter más oscura que la anterior, es decir, desprovista del humor y la despreocupación juvenil de las primeras entregas. Harry Potter y las reliquias de la muerte da un paso más en esa línea. Igual que en el libro de J.K. Rowling, desaparecen aquí los gags habituales y la acción se traslada más allá de las paredes de la escuela Hogwgarts, lejos de la camaradería y la complicidad adolescente. Por el contrario, el trío protagonista, Harry, Hermione y Ron, se enfrenta a retos cada vez más siniestros, con el combate final contra las fuerzas malignas insinuándose en el horizonte. Mientras algunos opinadores añoran la diversión perdida, Rowling y los realizadores que tan bien han captado el alma de sus novelas no hacen sino encaminar a sus héroes h acia el desenlace mismo de la adolescencia, cuando ya resulta imposible armonizar el mundo mágico con el tangible. El paralelismo es obvio. Pero se sugiere también un mensaje subliminal menos evidente: los jóvenes deberían poder gestionar ese desenlace a su manera, sin la tutela paterna y de sus maestros.

En el mundo ideal de Rowling, los padres, o están muertos o son muggles (no magos), así que no tienen derecho a etiquetar como ni-ni a unos vástagos que, cierto es, ni estudian ni trabajan. No hay costosos departamentos de estadística que se dediquen a constatar día tras día la decadencia del sistema educativo. Es más, a diferencia de lo que sucede con nuestros jóvenes presenciales, en la ficción nadie condena alegremente a los pupilos de Hogwarts al fracaso perpetuo sólo por estar sometidos a una educación con inspiración sesentayochista. Ni tampoco hay tertulianos que hablen de los alumnos con desprecio, como los que, al recordar que en el 2009 había en el mundo ocho millones de jóvenes parados más que antes de iniciarse la crisis (un 37% de paro juvenil en España), usan un tono despectivo que parece responsabilizar a los propios afectados del precario sistema económico que les estamos legando.

Al contrario. En el universo ideal de Rowling, un personaje como Hermione puede pronunciar un conjuro y conseguir evadirse de la memoria misma de sus padres. Dice oblidate varita en mano y se borra literalmente su rostro de todas las fotos familiares, como si nunca hubiera estado allí. Por eso a Hermione nadie la condenará a sentirse parte de una generación perdida, esa sentencia que de manera irresponsable dictamos a los jóvenes de hoy, sin valorar hasta qué punto saberse unos parias a ojos de los adultos puede empujarles a la automarginación y el nihilismo. Pero si alguno lee estas líneas –antes de que acabe la serie y la prodigiosa maga diga por última vez el conjuro finite incantatem– verá que no está todo perdido. Generación perdida es la etiqueta que asignó la escritora Gertrude Stein a una pandilla de norteamericanos desarraigados que deambulaban por la primera posguerra y que han pasado a la historia con los nombres de Hemingway, Eliot, Pound o Scott Fitzgerald.

21 nov. 2010

Crítica: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1


Pediré a los escasos lectores del blog que me permitan opinar, con toda mi ignorancia y humildad cinematográficas, sobre la nueva película de Harry Potter, saga de la que soy seguidor desde hace casi una década y que mantiene encendido -si es que alguna vez se ha apagado- el frikismo (en su acepción positiva) que todos deberíamos tener, aunque fuese en dosis pequeñas. El viernes pasado, justo el día del estreno, acudí a ver Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, Parte 1. Cabe decir, al contrario de lo que muchos creen, la sala estaba llena de personas entre 20 y 30 años, y no de niños disfrazados de magos como todavía muchos creen. Sería aquella generación que, cuando Harry llegó a las librerías, rondaba ya la adolescencia; o quizá hayan llegado ahora. Lo cierto es que muchos miran por encima del hombro este tipo de literatura, tildándola de ligera e infantil sin antes leerla, cuando posee bastante más profundidad que muchas de esas novelas que los apolillados críticos literarios nos venden como delicias y que -¡sorpresa!- tratan cansinamente de la guerra civil y sus eternos ecos.

A lo que iba, que siempre acabo desvariando: mi humilde crítica cinematográfica de ese producto que sólo en su primer día recaudó más de 60 millones de dólares. Como todas las adaptaciones literarias, el análisis se puede hacer desde la comparación con el libro o desde la consideración como película independiente. Así que intentaré hacerlo de las dos maneras. Si nos atenemos al libro, del que la película cubre aproximadamente la mitad, la cinta de David Yates, producida por la Warner y Heyday, supone un calco casi total. Como siempre, se toma ciertas licencias (bailecitos adolescentes entre los protagonistas, supresión de explicaciones demasiado literarias, etc.), pero se ciñe al libro mucho más que las anteriores entregas. La primera mitad del libro de J.K. Rowling se centra en los tres protagonistas y en lo que podría considerarse un viaje de autoconocimiento (aparte de buscar los Horrocruxes o divisiones del alma del villano Voldemort). Y llevar todo eso a la gran pantalla implicaba una cosa: lentitud (por eso son dos partes). Muchas voces críticas atacan precisamente ese aspecto: los minutos de cinta que ocupan Harry, Ron y Hermione en sus viajes por bosques y paisajes británicos, hablando entre ellos con una acción casi nula. Así es libro. Para ello, el director David Yates parece haber querido sacar el máximo rendimiento a las escenas de verdadero movimiento: la escapada de los 7 Potter, la tensa y siniestra reunión de Voldemort y sus secuaces, la inflitración en el Ministerio o la captura a merced de Bellatrix. La base, pues, es lenta, pero la cubierta acaba por mantenerte al acecho ante cualquier sobresalto.

La película en sí, dejando -en la medida de lo posible- a un lado el libro, demuestra la madurez de la saga y de sus protagonistas, cuyos actores han mejorado -aunque Daniel Radcliffe, Potter, sigue igual de hierático que siempre- y cuyas relaciones ya no son la de tres niños que iban a clases estrambóticas. Aunque la versión doblada al castellano siempre altera la auténtica actuación, Emma Watson sigue por encima de los otros dos y, quizá sea porque me encanta ese personaje, podemos disfrutar de la mejor y más histriónica Helena Bonham Carter como Bellatrix (creo que el bando de los "malos" es más entretenido que el de los "buenos"). La fotografía sigue en la línea de la sexta película: estupenda. Los espectaculares paisajes y escenarios ayudan a ello y le dan algo de luz a una trama bastante oscura. La banda sonora, discreta, acompaña en la eternidad del viaje de los protagonistas, aunque sigo prefiriendo la de la sexta entrega (lo más salvable de esa película, por cierto). El hecho -aunque esto obedezca al libro- de que salgan por una vez del colegio y de la estructura de los otras películas, que cambien de escenarios (desde Londres hasta la campiña británica), que el peligro aceche durante toda la historia (y no sólo al final, como en las anteriores) y que se dé mayor importancia a los personajes aporta variedad y color a la saga. En definitiva, un peliculón, en la acepción norteamericana de la palabra: espectacular, con acción (aunque algunos se empeñen en negarla), efectos especiales y actuaciones un poco mejor que las anteriores. Vamos, una peli de palomitas sin pretensiones artísticas y, sobre todo, para los asiduos a las aventuras del mago. Por ello, abstenerse críticos eruditos, artistas visionarios o amantes del cine posmoderno: la peli sirve para entretener, reconfortar a los millones de fans y llenar las arcas de dólares, que ya es bastante.
¿Qué opináis?

Una revista de muerte


No sé muy bien cómo, pero anoche llegué a un descubrimiento curioso: la revista Adiós. No, no es una versión satírica o irónica de la alegre y colorida revista ¡Hola!, esa en la que las famosas de más postín enseñan el millar de cuartos de baño que inundan sus casas. Como su propio nombre deja intuir, es la revista del adiós, del adiós a la vida. Tétrico, pero original. Existen revistas de todo tipo y, ¿por qué no una revista sobre la muerte? Lo "gracioso" es que no se trata de la publicación de algún grupo de góticos, satánicos, emos o alguna de estas tribus urbanas que le rinden culto al más allá. Es la publicación oficial de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios de Madrid, editada desde 1996 por Candela Comunicación. Secciones como "De tumba en tumba", "21 noticias funerarias", "La muerte retratada", "Versos para la muerte", "Diccionario funerario", "Muertos de cine" (obituario de famosos), "Mis queridos cadáveres" o incluso "Tanatocómic" (viñetas sobre... ¡la muerte!) demuestran la naturalidad con la que se toman ese hecho tan natural como la vida misma... la muerte. Todo ello, rodeado de anuncios de ataúdes, de empresas de pompas fúnebres o de hornos crematorios. Es inevitable no descubrirle cierto tono humorístico al asunto, aunque también es cierto que ahuyenta un poco las supersticiones y el lógico pánico que todos tenemos a la muerte.

16 nov. 2010

Crisis en el Sahara Occidental: información, censura y olvido


Razón de Estado. Así justifican desde el gobierno (y, en este caso, poco importa que sea el PSOE, puesto que el PP hizo exactamente lo mismo durante sus legislaturas) la vergonzosa postura de España frente al conflicto entre Marruecos y el Sahara (¿con o sin tilde en la primera "a"?). Una posición clara: un disimulado -pero real- apoyo a Marruecos, motivado por los intereses económicos y políticos del reino alauita (que a veces hacen pensar en que un país democrático y del primer mundo como España tiene miedo a una dictadura corrupta y empobrecida como Marruecos); y una indiferencia gubernamental ante lo que fue y debería seguir siendo una responsabilidad española, como es la necesidad de un referéndum en el Sáhara Occidental. El Estado español -incuido su jefe, el Rey, a quien su excesiva neutralidad parece neutralizarlo totalmente- no ha condenado los ataques de Marruecos al territorio saharaui, ni tampoco ha condenado de forma fehaciente los ataques a los que los periodistas españoles e internacionales se han visto sometidos durante estas semanas. Simplemente, deja pasar el tiempo, esperando que en unos días todo vuelva a la normalidad; esa normalidad caracterizada por un pueblo, el saharaui, olvidado por España -de la que fue provincia hasta que el decadente gobierno de un Franco moribundo regaló su control a Marruecos y Mauritania, pese a las promesas de un referéndum-, menospreciado por Marruecos e ignorado por esa institución inútil y pomposa llamada Naciones Unidas.


Si de algo sirven estos conflictos es para poner en evidencia el papel de cada agente de la sociedad: el Estado, que antepone intereses a derechos humanos; la UE y la ONU, que lideradas por Francia y EEUU respectivamente están claramente posicionadas del lado de Marruecos; y la prensa, que se ha convertido en el único canal capaz de hacer llegar a los mal llamados países democráticos -nosotros- el pre-genocidio de Marruecos en el Sahara. Por una vez, parece que el periodismo ha dejado de ser -al menos parcialmente- el brazo ejecutor del Sistema, para mostrarnos una realidad que puede dañar (o arañar, mejor dicho) los discursos de los países del primer mundo. Ni derechos humanos, ni libertad de información, ni autodeterminación de las antiguas colonias. Sólo interesa el dinero y las alianzas estratégicas. Nada más. Asociaciones de periodistas, como la FIP o UPCC se han atrevido a denunciar un secreto a voces, como es la pasividad de España ante la censura y las agresiones impuestas por Marruecos a los periodistas españoles.


Lo triste de este caso es que los españoles nos hemos olvidado ya de este problema, que pocos asumen como propio. Pese a las imágenes que cada día se difunden a través de la televisión y los diarios, pocos son los que se movilizan en favor de una intervención justa de nuestro país en el Sáhara. La única esperanza radica, pues, en que los periodistas, pese al atropello de sus derechos que Marruecos comete cada día, sigan cumpliendo con su trabajo y su deber, aunque con ello pongan en entredicho al mismísimo Estado.
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